Dietland y el feminismo anarquista

Apenas he visto dos episodios de esta nueva serie en Amazon. Sólo me ha bastado saber que la ha escrito Marti Noxon, la autora de los mejores episodios de aquel hit postadolescente de los 90 “Buffy” y posteriormente creadora de “UnReal”. Ambas una clara celebración de un mundo femenino lejos del cuento de hadas que siempre nos han vendido, un mundo femenino en el que las protagonistas tienen que lidiar con la mierda diaria y sin opción de escabullir el bulto como muchos de sus homólogos masculinos; por lo menos no si quieren probar su valía y lugar en el mundo. Un retrato de esas mujeres que se escapan del estereotipo hollywoodiense de “fuertes”. Un grupo de personajes con tantas capas, tan profundas y al mismo tiempo reacciones tan comunes que cuesta no identificarse con ellas o incluso hablar de ellas como si fuesen compañeras de batallas diarias en el trabajo, en la cola de H&M o en el gimnasio.

Con la misma excelencia con la que en su día Nixon hizo de Buffy una mujer que dejaba atrás las pataletas adolescentes para enfrentarse al mundo real, nos llega ahora Plum. Descubrimos ambos personajes en ese momento de la vida en el que uno debe dejar de creer en hadas madrinas y aceptar que nada ni nadie va a salvarles el pescuezo, que hay que coger el toro por los cuernos, y que sino ahí nos vamos a quedar, nos guste o no, con unicornios o sin ellos, que la vida sigue y no hace favores.

Plum a sus treinta y tantos (y probablemente acercándose a los 40) es todavía virgen, debería estar en la flor de la vida del Vogue existencial, viviendo en Nueva York y trabajando para una de las revistas más importantes de un conglomerado de empresas de comunicación. Vamos, el sueño corporativo de cualquier quinceañera. Sin embargo, algunas cosas han fallado por el camino. Plum trabaja contestando a las cartas al director que le envían a su jefa jovencitas con problemas que van desde la anorexia al intento de suicidio; intentando como puede darles ánimos para seguir adelante. Trabajando siempre a la sombra de una jefa, de una mujer de éxito insubstancial, sin escrúpulos y con demasiada tecnología en la cara. O eso es lo que parece, pero con Marti Noxon nadie es nunca lo que parece, especialmente en lo que se refiere a mundos femeninos.

Los continuos abusos verbales que recibe Plum han hecho que se acabe identificando con lo que oye, como un espejo distorsionado, llegando a creerse que su voz ya no importa. Cuando no seguimos los estereotipos dictados por hombres de mediana edad que sólo buscan el poder económico y patriarcal, que buscan nuestro dinero inventando complejos disparatados, hombres que necesitan la ilusión de identificar a mujeres con ovejas sumisas para no amenazar su masculinidad, es entonces cuando nos quedamos fuera del sistema. Cualquier intento por cambiar las cosas, por evolucionar, por proclamar nuestro lugar en la sociedad y en la historia será recibido con un bufido; cuando ya no servimos el papel de servidumbre se nos cualga el cartel de “fallo en el sistema” a lo Matrix.

No será hasta que nos hayan tocado tanto los cojones y arrinconado hasta la asfixia, que ya no nos quede nada que perder, y es ahí, en ese punto de no retorno, cuando ya no sólo alzaremos la voz, sino el puño.

En esa frontera del límite humano nos encontramos con Plum, agarrándonos de los ovarios para dar mil vueltas a esta sociedad que intenta mirarse a sí misma y no sabe ni por dónde empezar, con buenas intenciones pero jodida por los silencios nunca rotos a tiempo. No sé si Marti Noxon habla desde la experiencia (supongo que sí), pero desde luego habla desde el corazón. Puede que la vida no nos haga favores, pero ha llegado ese momento en el que ahora nosotras, las mujeres, vamos a salir a buscarla, a mirarla a la cara, a alzar el puño y a pedirle cuentas.

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